Por. Mauricio Alarcón


A pesar de lo generoso, responsable y constructiva que ha sido la comunidad salvadoreña en Estados Unidos, no ha podido vertebrar su influencia política como lo han hecho otros grupos de inmigrantes. Además de mantener a sus familias, ayudar a parientes y amistades, los salvadoreños han contribuido activamente al establecimiento y legitimación de su presencia en este país, con trabajo duro y civismo. Como dice el ex presidente Barack Obama, “América es un trabajo en constante progreso. Lo cual da propósito a las nuevas generaciones para tomar el trabajo inconcluso de su antecesores y echarlo adelante — expresarse por lo que está correcto, desafiar el injusto statu quo, e imaginarse un mundo mejor.”  Los salvadoreños han estado aportando su parte en esta nación y lo continuarán haciendo. No obstante, tienen ante sí, el desafío de darle cuerpo efectivo a su opinión, y ejercer su derecho a participar en las decisiones sobre su futuro.

Tanto las oleadas de inmigrantes salvadoreños como sus motivaciones han sido variadas.  Hay descendientes desde los que vinieron a principios del siglo pasado a estudiar, hacer turismo o negocios, hasta los que huyeron de la guerra civil y calamidades naturales o buscando una mejor vida para su familia, que aún siguen llegando. Además de sus esfuerzos por sobrevivir, los salvadoreños hicieron mucho trabajo comunitario que les granjeó apoyo entre la población, la iglesia y cabildos municipales, estatales y federales del país. Hay muchas organizaciones solidarias de activistas como CISPES y el Movimiento Santuario que aún mantienen su relación con los salvadoreños, aunque en la actualidad abracen otras causas.

Durante las últimas cuatro décadas, los salvadoreños no sólo desafiaron en las calles y en las cortes a una sociedad y a un gobierno estadounidense que los rechazaba, sino que construyeron sus propias instituciones para defender sus derechos civiles, proteger su salud y expresar su cultura y un patriotismo, que aunque parezca dual tiene como objetivo, la búsqueda de la felicidad. Algunas de las instituciones de servicio que fundaron los salvadoreños, como Clínica del Pueblo en Washington y Clínica Monseñor Romero y El Rescate en Los Ángeles, ya han ampliado su misión para satisfacer las necesidades de salud y asistencia legal de otras comunidades.

Además de su civismo local, los salvadoreños han organizado comités de apoyo a sus lugares de origen en El Salvador, y para auxiliar a los damnificados que han dejado los terremotos, huracanes y otras catástrofes naturales que han acaecido en ese país, en los últimos 34 años. Además de decenas de comités y ligas deportivas en distintas ciudades de la Unión Americana, los salvadoreños han organizado entidades como Fundación SHARE que a pesar de haberse creado para ayudar refugiados salvadoreños en Honduras en los años ochenta, aun gestiona y lleva ayuda humanitaria a El Salvador.  Los más recientes esfuerzos organizativos de los salvadoreños han sido la formación de cámaras de comercio, y el establecimiento de corredores comunitarios en ciudades como Los Ángeles, que buscan establecer una presencia notoria y promover el emprendimiento de los salvadoreños en esta metrópoli.

No obstante todos sus esfuerzos constructivos y la elección de algunos oficiales a nivel municipal y estatal entre los suyos, los salvadoreños aún carecen de una organización política que les permita afectar las decisiones importantes que sobre su vida hacen tanto los gobernantes municipales, estatales y federales de este país, como los de El Salvador. Consciente de esa necesidad, la diáspora ha apoyado las candidaturas presidenciales de diferentes partidos en EL Salvador, sin lograr ser incluida ni en las políticas ni en las estructuras de ningún gobierno.  En las últimas elecciones presidenciales de El Salvador, podría decirse que los salvadoreños en EEUU se apostaron mucho más que antes, al organizar y financiar el nacimiento del movimiento Nuevas Ideas, que logró convertirse en partido y llevar a Nayib Bukele al poder.  Comparable a su esfuerzo han sido tanto las expectativas como su desilusión, al verse no sólo excluidos en el gobierno, pero desplazado en su liderazgo de la dirección del partido Nuevas Ideas.

Si bien muchos salvadoreños en el exterior aún se conforman con la oportunidad de foto o con ser tomados en cuenta para ejercicios de campaña, el reto por ser parte de un esfuerzo real y ser incluidos en las instituciones que hacen las decisiones que regulan su relación con su país de origen, o su nuevo país, está pendiente. Aunque muchos en estos días solo se les ha ocurrido que podrían replicar la experiencia de Bukele, y formar desde Estados Unidos su propio partido y hacerse candidatos, otros opinan que es la hora de invertir en formar un comité de acción política en Estados Unidos, país que les ha dado la oportunidad de realizarse, sin dejar de seguir soñando volver a El Salvador.

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